La última llamada
El eco de tu ausencia ya vivía en la casa,
mucho antes de que el mundo firmara tu final.
Una puerta cerrada, una distancia esquiva,
un tiempo suspendido que no pude saltar.
Hice cuanto pude, me mantuve en la orilla,
esperando una tregua que nunca llegó,
mientras tu propia vida se iba haciendo pequeña
bajo el peso de un muro que a nadie abrieron.
Sé que querías tiempo, que la quimio era un pulso
contra un cuerpo cansado que pedía seguir,
pero ya no quedaba espacio para la lucha,
solo sombras de un día que no querías huir.
Y aunque duele la idea de no volver a verte,
de saber que este adiós no lo pude elegir,
hay una paz extraña que se cuela en la pena:
el derecho al descanso que te negaron aquí.
Si ya no puedo tenerte, al menos tengo tu recuerdo,
un fantasma borroso que cruza mi pensamiento.
El mundo sigue su curso, pero yo me quedo un rato
pensando en todo el cariño que nos robaron del trato.
Descansa, vuela alto, que el dolor ya se ha terminado.
Ahora cruzas la línea que separa los mundos,
dejando atrás el encierro, la debilidad, el temor.
Seguro que mi abuelo te esperaba en la puerta
con los brazos abiertos y una vieja charla de humor.
Juntos otra vez, sin cadenas ni distancias,
lejos de quien os intentó apagar la luz.
Aquí nos quedamos guardando tu memoria,
mientras sanamos el alma y cargamos la cruz.
Y te recuerdo ahora rompiendo la solemnidad,
contando aquellos chistes que nos hacían reír,
aliviando el misterio de la triste verdad
cuando éramos tan niños y empezábamos a vivir.
Esa risa de entonces te sobrevive intacta,
un regalo sincero que el tiempo no desbarata.
Si ya no puedo tenerte, al menos tengo tu recuerdo,
un fantasma borroso que cruza mi pensamiento.
El mundo sigue su curso, pero yo me quedo un rato
pensando en todo el cariño que nos robaron del trato.
Descansa, vuela alto, que el dolor ya se ha terminado.
Intentaré recordar esa última risa que nos sacaste
porque es algo que nos regalaste y atesoraré para siempre.
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