Entre el ruido y el blanco

​El calendario cambia de piel, pero mis pies siguen siendo los mismos.
Dicen que enero es un inicio, una hoja en blanco, un decreto,
pero yo sé que los domingos de invierno no entienden de abismos,
y que el tiempo no se cura solo por guardar un secreto.

​Siento el peso de las metas que otros dibujan sobre mi espalda,
las expectativas que crecen con cada cifra que el año suma.
Me piden planes, me exigen logros, me miden la talla,
mientras yo intento que mi propia voz no se pierda en la bruma.

​Pero este año el aire huele distinto, tiene otro dulce brillo,
un murmullo de flores, de listas interminables y de nervios.
Estoy sentada entre detalles y dudas, lo complejo y lo sencillo,
dibujando una fecha que me hace temblar hasta los proverbios.

​Organizar una vida es difícil, organizar un día es un arte,
y mi boda es ese mapa que ahora mismo no sé cómo leer.
Estoy feliz, pero el pulso se me escapa en cualquier parte,
con el miedo de quien tiene tanto amor que teme perder.

​Siento el peso de las metas que otros dibujan sobre mi espalda,
las expectativas que crecen con cada cifra que el año suma.
Me piden planes, me exigen logros, me miden la talla,
mientras yo intento que mi propia voz no se pierda en la bruma.

​No es que el año nuevo me haya traído una versión mejorada,
es que he decidido dejar de escuchar el tic-tac de los demás.
Mi meta no es un ascenso, ni una medalla, ni una mirada,
es caminar hacia ese "sí" sin mirar nuevamente hacia atrás.

​Porque ahora sacudo el peso que otros cargan sobre mi espalda,
esas expectativas que crecieron con el pasar de los años.
Ya no dejo que midan mi valor en planes o en talla,
mientras mi propia voz se abre paso entre tantos extraños.

​Que el mundo siga corriendo, que exijan, que cuenten, que esperen,
yo me quedo aquí, entre mis papeles y mi dulce ansiedad.
Porque mientras unos buscan metas que al cumplirse se mueren,
yo estoy construyendo mi propio refugio de eternidad.

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